Cuando Barthes, el autor del libro “La
cámara lúcida” veía las fotos de su madre muerta, él decía que
estaba “buscando la verdad del rostro que yo había amado.”
Basándose en esa frase, se puede encontrar uno con la posibilidad de
encontrar en una sola fotografía la esencia de una persona, sin
creer que en esa fotografía se encuentra, junto con su esencia, el
alma de ese ser, como se creía antes. Analizando esta posibilidad,
el deseo de encontrar la esencia de un ser querido que ya ha muerto,
florece en mí.
Así que, después de una gran
búsqueda, siento que algo me punza, me chuza, me llega realmente,
encuentro el punctum, y con él, la foto que tanto quería
encontrar. Barthes utiliza un lenguaje técnico que se le puede
aplicar a las fotos. Utilizando este lenguaje técnico encuentro en
la foto también el spectrum, el personaje principal de la
foto que, mirando detrás del sentido de la palabra, sí termina
siendo un fantasma. Y, finalmente, encuentro el noesis de la
foto. El autor define el noesis como
la percepción individual que tiene cada spectator, quien
observa la foto, al
ver una foto específica. Termina siendo este, la sonrisa
transparente de mi tía.
Tantos
elementos físicos ponen la foto en un contexto según mis
conocimientos sobre ella, su condición en ese momento y mis
recuerdos de lo que fue. Y contiene esta foto, el noema
exacto de la fotografía en general que menciona Barthes, “Esto ha
sido.” Ella, efectivamente, ha sido, y, como decía este autor de
la foto de su madre, está condenada a un futuro, está condenada a
morir, “Ella ha muerto y ella va a morir.” Barthes dice que el
mostrar esa foto de su madre de la cual tanto habla no valdría la
pena mostrársela a sus lectores. No tanto porque la foto no está
perfectamente compuesta ni es de un fotógrafo reconocido, sino
porque esa tiene un significado especial para él sólo por la
historia que hay detrás de esa fotografía que sólo él puede ver,
el “objeto” de esa foto es mucho más que sólo eso, contiene la
esencia de su ser querido a través de unos ojos claro que esta
conservó el resto de su existencia. Que no sólo representaban su
objeto físico de ojos para ver, sino que representaban su ser y lo
que ella fue y, gracias a esa foto, sigue siendo.
A
partir de eso, entonces, me doy cuenta de que mi tía sigue siendo,
gracias a la fotografía que capturó en ese momento específico, esa
sonrisa, aquella sonrisa que conserva su esencia. Tal vez, desde lo
que dice Barthes, la persona que ella fue en esa foto murió en el
instante que esta fue tomada, pero la esencia que conservó siempre,
se evidencia claramente en la foto.
La
protagonista de la foto, el spectrum, es
mi tía, Natalia Restrepo. Detrás de aquella sonrisa hay bastante
dolor oculto, causado por su enfermedad terminal, cáncer. Ese dolor,
no necesariamente todo físico, dolor por dejar a su familia, a su
esposo sin esposa, a sus cuatro niños sin mamá, por tener que dejar
el mundo sin tener la oportunidad de presenciar la graduación de sus
hijos, sin conocer a ninguno de sus nietos, por tener que dejar en
cada persona, y en el mundo, tan sólo una huella. Su meta, toda su
vida, fue ayudar a los demás, el sentido de esta era poder ayudar en
algo, así fuera mínimo, a cada persona que conociera. Todo quien
tuvo el honor de conocerla la recuerda como un ser humano, sincero,
humilde, transparente, siempre dispuesta a ayudar. Y a pesar de su
condición, sus últimos meses los dedicó a ayudar a otros, a
sembrar su semilla de amor y de compromiso en el mundo.
Su vida y su
experiencia, es un ejemplo de vida, fue, y aún es, un ser digno de
admirar. Por eso, su foto me “rayó el corazón” y el encontrarme
de nuevo con su sonrisa constante, encontré su esencia, la encontré
a ella y, en ese momento, fui feliz.

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