sábado, 19 de mayo de 2012

Espera eterna


Al levantar todos la mirada ven al profesor, con su pelo crespo característico y su buso de lana usual. Les dice a todos que se hagan en parejas y que distancien las sillas, empieza a repartir las hojas que definirán el futuro para muchos y en unos segundos los lapices empiezan a escribir.

La tensión en el aire es más evidente que nunca. Cada estudiante se encuentra sentado es su silla con sus apuntes y su cuaderno afuera, intentando hacer que su cerebro retenga más información de la que puede. Las frentes de algunos jóvenes parecen cataratas de sudor y el sonido que hacen los dientes al chocar con las uñas, se vuelve ensordecedor, comparable con el sonido que hace un taladro. Las baldosas se encuentran frías como una noche de invierno y el ruido que hace cada paso retumba sobre las paredes. Cada vez que entra una nueva persona al salón todas las cabezas se levantan de la piscina de letras que se encuentra en su escritorio y al ver un rostro joven, igual de nervioso, vuelven a bajar la mirada decepcionados pero a la vez aliviados de tener más tiempo para estudiar o de cierta forma embutir información en el último momento. El tablero que hay al frente del grupo de aproximadamente 30 sillas, de las cuales están ocupadas 20, tiene un apunte que dice que la clase del profesor anterior ha sido cancelada. Muchos estudiantes probablemente desearían que ese mensaje fuera dirigido a ellos. Las ventanas que están en el lado izquierdo del salón, las cuales están formadas por la unión de varios rectángulos pequeños de vidrio, sirven como un tipo de barrera contra los estudiantes que están afuera, descansando, sin presiones. De repente, hay un susurro que dice “llegó” y este hace que todos levanten su mirada desesperada para verlo, por fin, a él.


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