Al levantar todos la mirada ven al
profesor, con su pelo crespo característico y su buso de lana usual.
Les dice a todos que se hagan en parejas y que distancien las sillas,
empieza a repartir las hojas que definirán el futuro para muchos y
en unos segundos los lapices empiezan a escribir.
La tensión en el aire es más evidente
que nunca. Cada estudiante se encuentra sentado es su silla con sus
apuntes y su cuaderno afuera, intentando hacer que su cerebro retenga
más información de la que puede. Las frentes de algunos jóvenes
parecen cataratas de sudor y el sonido que hacen los dientes al
chocar con las uñas, se vuelve ensordecedor, comparable con el
sonido que hace un taladro. Las baldosas se encuentran frías como
una noche de invierno y el ruido que hace cada paso retumba sobre las
paredes. Cada vez que entra una nueva persona al salón todas las
cabezas se levantan de la piscina de letras que se encuentra en su
escritorio y al ver un rostro joven, igual de nervioso, vuelven a
bajar la mirada decepcionados pero a la vez aliviados de tener más
tiempo para estudiar o de cierta forma embutir información en el
último momento. El tablero que hay al frente del grupo de
aproximadamente 30 sillas, de las cuales están ocupadas 20, tiene un
apunte que dice que la clase del profesor anterior ha sido cancelada.
Muchos estudiantes probablemente desearían que ese mensaje fuera
dirigido a ellos. Las ventanas que están en el lado izquierdo del
salón, las cuales están formadas por la unión de varios
rectángulos pequeños de vidrio, sirven como un tipo de barrera
contra los estudiantes que están afuera, descansando, sin presiones.
De repente, hay un susurro que dice “llegó” y este hace que
todos levanten su mirada desesperada para verlo, por fin, a él.

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