Los pasos de los nuevos estudiantes resonaban en los pisos de la universidad. Algunos pasos confiados, un tanto arrogantes, llenos de ánimos para empezar un nuevo capítulo. Algunos otros dudosos, un cuanto inseguros de su decisión. Ella encajaba más en la categoría de los pasos confiados, sin necesidad de ser arrogante. Estaba llena de esperanza de tener un buen comienzo, de como le decía su abuela, “empezar con el pie derecho” aquella nueva experiencia, de intentar disfrutar al máximo esa oportunidad que le había dado la vida, de contar con una educación superior de tan alta calidad. El camino que debía recorrer desde la entrada de la universidad hasta el salón de clases en el que debía estar a las 8:00 de la mañana era largo y mientras veía pasar rostros tan distintos, con historias para contar todas tan diferentes, recordó la suya, tal como se la había contado muchas veces su madre mientras se intentaba dormir cuando era pequeña.
Para el resto del mundo, el 30 de agosto de 1993 fue tal vez un día común, pero en la Clínica del Parto, en la ciudad de Medellín, Colombia, para una pareja de padres “primerizos” no lo era. A las 7:45 de la noche escucharon el primer llanto de su niña, no indicando tristeza o hambre, como tal vez lo haría más adelante, sino indicando el comienzo de su nueva vida en el mundo y un nuevo capítulo dentro de la historia del matrimonio de sus padres. A la niña la decidieron llamar Andrea, nombre completo, Andrea Trefftz Restrepo. Su primer año lo pasó en su casa con su mamá, Gloria, aprendiendo a caminar y a decir sus primeras palabras y al cumplir los dos años entró al preescolar Carrizales. Ese lugar, a pesar de haber sido parte de su vida por tan sólo dos años, la marcó positivamente, aunque un poco después de cumplir cuatro años Andrea tuvo un momento donde la vida y la muerte se cruzaron, pues en septiembre su abuela materna murió de cáncer y en diciembre nació su primer hermano, David.
Luego del tiempo que estuvo en Carrizales, su papá, Helmuth, recibió una oferta de irse a hacer su doctorado a Estados Unidos por 4 años. Él aceptó y Andrea, al llegar al desconocido país, a pesar de su falta de conocimiento del idioma, logró adaptarse en cuestión de semanas. De los mejores recuerdos de su infancia los vivió allí al lado de sus amigos norteamericanos y en Colombia al lado de sus primos y demás familiares con los que compartía los diciembres en los que volvía a su país nativo a visitar. Tras cuatro años de estudio de su padre, el nacimiento de su segundo hermano, Nicolás, y una triste noticia del cáncer de su abuelo materno, sus padres tomaron la decisión de volver a su país de origen. El tiempo en Estados Unidos se pasó más rápido de lo que ella quisiera, pero el regresar a Colombia no fue en realidad una idea que le disgustó.
Al volver del país extranjero Andrea entró al colegio Gimnasio los Pinares donde también estudiaban sus tres primas. Después de unos años en el colegio Pinares su madre dejó de contarle su historia para poderse dormir, pero a pesar de eso, los recuerdos de lo que había vivido en sus años anteriores seguían fluyendo mientras se aproximaba cada vez más al salón. Inicialmente, la experiencia en el colegio fue positiva pero a medida que pasaron los años se fue volviendo negativa, viéndose afectada también por la muerte de su abuelo materno y en séptimo grado, finalmente, Andrea decidió irse para el lugar al cual se habían pasado dos de sus primas el año anterior. El nuevo sitio se llamaba el Colegio Canadiense, a diferencia del otro era mixto y no era mixto refiriéndose sólo a la mezcla de géneros sino también a la variedad de clases sociales entre los estudiantes. A pesar de ser una experiencia nueva para Andrea, la hizo madurar y, junto con lo que vivió en el viaje de intercambio a Canadá que realizó en el grado octavo, la hizo crecer también como estudiante y como persona.
Dicen que todo lo bueno, eventualmente, tiene su fin y ese fue el caso del estudio de Andrea en el Canadiense pues, por motivos de transporte y de ubicación tuvo que dejar este lugar y a sus compañeros, en esta ocasión, con una gran tristeza. El último lugar de estudio en recibirla se llamó Horizontes, un colegio campestre donde todo quien lo conformaba era en gran parte razón de la constante sonrisa de Andrea durante su estadía en este, pero un año después, finalmente, luego de más de quince años de estudio, aquella estudiante tímida pero llena de ganas de salir adelante, de dejar su huella en el mundo y en las personas, de aprender de todo lo que la rodeaba, aquella que hace dieciséis años había iniciado su vida escolar en un pequeño preescolar en Medellín, ella, se graduaba. Por fin cerraba la etapa de la vida escolar, dejando atrás toda una recolección de experiencias y recuerdos que, aunque ocasionalmente dolorosas, la habían hecho ser quien era ahora.
A las 8:00 de la mañana, Andrea llegó a su salón destinado, sonriendo, recordando el cierre de esa gran etapa escolar cuando tiró el birrete hacia arriba con sus compañeros de apenas hace un año. Todavía con aquella sonrisa se sentó en una silla de la fila de atrás del salón mientras el “buenos días,” del profesor Juan Gonzalo la despertó de su trance de recapitulación de vida, dándole así el último adiós a esos recuerdos y la bienvenida a la nueva etapa de experiencias que estaba por vivir: la universidad.