miércoles, 15 de febrero de 2012

Renacimiento en la lluvia


Muchos dicen que aquellos gigantes que a veces cruzan nuestras aldeas tienen los mismos ideales que nosotros; pasan su vida intentando ser buenos para poder llegar a un lugar más alto, lo que ellos llaman “Cielo”. Pero dicen también que su vida tiene mayor duración que la nuestra y que su recorrido por el mundo, desde su nacimiento hasta su fin, es también más largo. Es extraño intentar imaginarse en el lugar de otro ser, alguien tan diferente de nosotros que cree que nosotros somos seres sin vida alguna. A lo mejor algún día uno de esos gigantes se pregunte por nuestro recorrido y nuestra importancia en el mundo. Quizás ese gigante se lo pregunte, investigue y tal vez, tras muchos años de buscarlo, encontrará esto, la historia de nuestro recorrido en el mundo; y así tendrá un poco de cuidado cuando cruce su camino con uno de nosotros: nos cuidará, nos valorará... tal vez.

 Si tú que lees esto eres otro de nosotros, mejor para aquí; probablemente has escuchado esta historia a lo largo de tu vida, seguramente te la ha contado alguno de tus mayores como un cuento para antes de ir a dormir. Si quien lee es, en cambio, otro tipo de ser, un ser gigante o, como los llaman algunos, ser humano, siga por favor, conozca este relato, mi especie necesita su ayuda, usted puede hacer un gran cambio en nuestra historia y quizás no lo sepa. Bienvenido entonces, querido humano, al mundo del agua. Mi nombre es Liwus y soy, una gota de agua. Como de pronto no entienda nuestro mundo, le haré un pequeño recorrido que necesito que lea y entienda.

 Aquel planeta en el que ambos vivimos, que compartimos, nosotros lo llamamos Terra. Allí, junto a nosotros, viven quienes consideramos nuestros dioses: Atlantis, Pacifis, Artis, Antartis e Indis.
Nosotras, las gotas, como ustedes, tenemos cada una un tipo de misión de la cual nos enteramos sólo cuando la cumplimos. Algunos, entonces, tienen la gran suerte de caer entre los dioses y ser parte de ellos. Otros, en cambio, tienen un destino menos afortunado pero, claro, siempre destinado a lograr algún tipo de bien mayor en nuestro planeta. Algunas de esos cargos podrían incluir darle de beber a ustedes o a nuestros compañeros, los filios, o como ustedes los llaman, “animales”. También estamos para alimentar las plantas, para darle un respiro a Terra y sus habitantes, y para generar energía para ustedes. Esas son algunas cuantas cosas de las que hacemos, pues si se las dijera todas probablemente usted se cansaría.

 Como mencioné al principio, tenemos el deseo de ir a un lugar superior donde están aquellas que nos dan la posibilidad de renacer, de reencarnarnos, las Nufes. Si cumplimos nuestra misión y logramos hacer por lo menos un cambio mínimo en Terra o en alguno de los seres que la habitan, seremos transformados por el Resplandeciente a un estado de materia diferente y nos volveremos livianas, nos alzaremos entre todas las especies y llegaremos a las deseables Nufes. Ellas nos dan otra oportunidad de volver a la tierra, siendo ya gotas nuevas, renaciendo de la materia de unas gotas viejas que cumplieron su misión en Terra. Esto, querido humano, es lo que ustedes llaman "lluvia". Esa lluvia somos nosotras teniendo la oportunidad de volver a ayudar, de volver a vivir, cayendo y siendo llevadas por el viento a cada uno de nuestros destinos para poder así lograr el cambio. También, cuando ven ustedes eso que llaman “arco iris” es en realidad un honor especial que le hace el Resplandeciente a aquellas gotas que han logrado cumplir los encargos más difíciles.

 Lastimosamente, hoy en día nuestra especie está sufriendo un gran cambio. Gracias a su forma de malgastarnos y de no cuidarnos, se nos está haciendo cada vez más difícil lograr nuestra misión, ya hay cada vez más gotas sucias, inservibles. Se lo pido, entonces, por Terra, por todas las especies con las que compartimos este mundo: cuídenos, valórenos, no nos use incorrectamente. Si lo hace, le doy mi palabra, nosotros le devolveremos el favor y seguiremos aportando y dando nuestra gota literal para el bienestar de nuestro planeta. Y la próxima vez que esté bajó la lluvia, siéntase honrado de estar presenciado el acto de nuestro renacimiento y de la inmensa oportunidad que se nos está volviendo a dar para ayudar.

Recuerdos efímeros

Los pasos de los nuevos estudiantes resonaban en los pisos de la universidad. Algunos pasos confiados, un tanto arrogantes, llenos de ánimos para empezar un nuevo capítulo. Algunos otros dudosos, un cuanto inseguros de su decisión. Ella encajaba más en la categoría de los pasos confiados, sin necesidad de ser arrogante. Estaba llena de esperanza de tener un buen comienzo, de como le decía su abuela, “empezar con el pie derecho” aquella nueva experiencia, de intentar disfrutar al máximo esa oportunidad que le había dado la vida, de contar con una educación superior de tan alta calidad. El camino que debía recorrer desde la entrada de la universidad hasta el salón de clases en el que debía estar a las 8:00 de la mañana era largo y mientras veía pasar rostros tan distintos, con historias para contar todas tan diferentes, recordó la suya, tal como se la había contado muchas veces su madre mientras se intentaba dormir cuando era pequeña.

Para el resto del mundo, el 30 de agosto de 1993 fue tal vez un día común, pero en la Clínica del Parto, en la ciudad de Medellín, Colombia, para una pareja de padres “primerizos” no lo era. A las 7:45 de la noche escucharon el primer llanto de su niña, no indicando tristeza o hambre, como tal vez lo haría más adelante, sino indicando el comienzo de su nueva vida en el mundo y un nuevo capítulo dentro de la historia del matrimonio de sus padres. A la niña la decidieron llamar Andrea, nombre completo, Andrea Trefftz Restrepo. Su primer año lo pasó en su casa con su mamá, Gloria, aprendiendo a caminar y a decir sus primeras palabras y al cumplir los dos años entró al preescolar Carrizales. Ese lugar, a pesar de haber sido parte de su vida por tan sólo dos años, la marcó positivamente, aunque un poco después de cumplir cuatro años Andrea tuvo un momento donde la vida y la muerte se cruzaron, pues en septiembre su abuela materna murió de cáncer y en diciembre nació su primer hermano, David.

Luego del tiempo que estuvo en Carrizales, su papá, Helmuth, recibió una oferta de irse a hacer su doctorado a Estados Unidos por 4 años. Él aceptó y Andrea, al llegar al desconocido país, a pesar de su falta de conocimiento del idioma, logró adaptarse en cuestión de semanas. De los mejores recuerdos de su infancia los vivió allí al lado de sus amigos norteamericanos y en Colombia al lado de sus primos y demás familiares con los que compartía los diciembres en los que volvía a su país nativo a visitar. Tras cuatro años de estudio de su padre, el nacimiento de su segundo hermano, Nicolás, y una triste noticia del cáncer de su abuelo materno, sus padres tomaron la decisión de volver a su país de origen. El tiempo en Estados Unidos se pasó más rápido de lo que ella quisiera, pero el regresar a Colombia no fue en realidad una idea que le disgustó.

Al volver del país extranjero Andrea entró al colegio Gimnasio los Pinares donde también estudiaban sus tres primas. Después de unos años en el colegio Pinares su madre dejó de contarle su historia para poderse dormir, pero a pesar de eso, los recuerdos de lo que había vivido en sus años anteriores seguían fluyendo mientras se aproximaba cada vez más al salón. Inicialmente, la experiencia en el colegio fue positiva pero a medida que pasaron los años se fue volviendo negativa, viéndose afectada también por la muerte de su abuelo materno y en séptimo grado, finalmente, Andrea decidió irse para el lugar al cual se habían pasado dos de sus primas el año anterior. El nuevo sitio se llamaba el Colegio Canadiense, a diferencia del otro era mixto y no era mixto refiriéndose sólo a la mezcla de géneros sino también a la variedad de clases sociales entre los estudiantes. A pesar de ser una experiencia nueva para Andrea, la hizo madurar y, junto con lo que vivió en el viaje de intercambio a Canadá que realizó en el grado octavo, la hizo crecer también como estudiante y como persona.

Dicen que todo lo bueno, eventualmente, tiene su fin y ese fue el caso del estudio de Andrea en el Canadiense pues, por motivos de transporte y de ubicación tuvo que dejar este lugar y a sus compañeros, en esta ocasión, con una gran tristeza. El último lugar de estudio en recibirla se llamó Horizontes, un colegio campestre donde todo quien lo conformaba era en gran parte razón de la constante sonrisa de Andrea durante su estadía en este, pero un año después, finalmente, luego de más de quince años de estudio, aquella estudiante tímida pero llena de ganas de salir adelante, de dejar su huella en el mundo y en las personas, de aprender de todo lo que la rodeaba, aquella que hace dieciséis años había iniciado su vida escolar en un pequeño preescolar en Medellín, ella, se graduaba. Por fin cerraba la etapa de la vida escolar, dejando atrás toda una recolección de experiencias y recuerdos que, aunque ocasionalmente dolorosas, la habían hecho ser quien era ahora.

A las 8:00 de la mañana, Andrea llegó a su salón destinado, sonriendo, recordando el cierre de esa gran etapa escolar cuando tiró el birrete hacia arriba con sus compañeros de apenas hace un año. Todavía con aquella sonrisa se sentó en una silla de la fila de atrás del salón mientras el “buenos días,” del profesor Juan Gonzalo la despertó de su trance de recapitulación de vida, dándole así el último adiós a esos recuerdos y la bienvenida a la nueva etapa de experiencias que estaba por vivir: la universidad.