sábado, 19 de mayo de 2012

Intención generosa


Al salir, al despedirse del portero, este no las miró de reojo como lo hizo cuando entraron por primera vez al edificio. Esta vez, fue bastante amable y su sonrisa de oreja a oreja demostraba cuán agradecido se encontraba con ellas.

La mañana era fría cuando se bajaron del bus aquel viernes. El ajetreo de la gente era notable en el ambiente. Los pitos de los vehículos y la velocidad de aquellas personas que caminaban por el Centro de la ciudad reflejaban el frenesí constante en el cual viven todos hoy en día. Para llegar a el edificio que les había descrito hace unos minutos el conductor del bus era necesario atravesar la calle. Con la cantidad de carros en ese momento era difícil hacerlo pero después de esperar unos segundos la joven y su madre lograron llegar a su lugar de destino.

El Centro Colombo Americano es uno de los espacios culturales más importantes de la ciudad ya que allí se mezcla el aprendizaje de las lenguas extranjeras con el arte, la literatura, la gastronomía y el buen cine. La joven tenía como objetivo solo dar un pequeño recorrido por el lugar ya que lastimosamente la programación del festival Eurocine empezaba solo hasta las cuatro de la tarde. Cuando llegaron al edificio la primera impresión que le dio este a la muchacha fue de frialdad. A simple vista parecía un gran bloque de cemento con unos cuantos detalles azules. El nombre del centro se mostraba imponente en un nivel alto pero visible de la obra. Los carteles de las películas que se mostraban le agregaban a este un poco de color y daban la pista a quienes pasaban por ahí de que allí querían darle a las personas un descanso de los afanes de la cotidianidad.

Al entrar al edificio, un guarda alto, delgado, moreno y con aspecto de fatigado las paró preguntándoles de una forma bastante tosca para dónde se dirigían. La madre de la niña dio el nombre de su amiga a quien iban a pasar a saludar y el guardia, aunque un poco reacio a hacerlo, las dejó pasar. -¿Qué crees que le pasó?- le preguntó Andrea a su madre mientras caminaban hacia el ascensor. - Ni idea, pero de pronto ahorita podríamos hablar con él. Quién sabe que le podamos ayudar en algo- respondió ella. -Tienes razón, -dijo Andrea- no perdemos nada preguntándole, ojalá lo podamos ayudar.

Por estar pensando en el guarda la joven no había logrado percibir el ambiente en el que se encontraban. Al bajarse del elevador metálico se sintió de repente rodeada de hambre, hambre de conocimiento, de cultura, de saber. El aspecto gris y oscuro que se percibía desde afuera era contradictorio al entorno que era observado adentro. Las paredes cubiertas de fotos y de dibujos hechos por los estudiantes del centro le daban un toque amable, de bienvenida, exponiendo de cierta forma el color que agregaban sus estudiantes a sus paredes vacías.

Mientras Gloria, su madre, saludaba a su amiga Luisa, Andrea recorría los corredores y los espacios del Colombo intentando observar cada detalle del lugar. Sus ojos veían pasar ante ellos corredores y espacios grises, unas cuantas paredes pálidas, sin arte, que emitían la sensación que emite una nevera al ser abierta en una noche fría. Pero después llegaban personas de distintos aspectos que con sus sonrisas y ganas de aprender devolvían la calidez al lugar. Aunque su sentido de la vista estaba a la expectativa de una situación lo suficiente interesante para poner en su escrito, su mente no dejaba de pensar en el evidente cansancio de aquel hombre que les había abierto la puerta hace unos minutos.

Andrea se decidió a ir a buscar a su madre para hablar con el guarda y ese momento la hizo recordar una frase de José Martí que decía: “Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad.”1 Ella se sintió bastante identificada ya que no podría hacer su trabajo hasta lograr ayudar a ese hombre. Mientras iba hacia la oficina de la amiga de su madre pasó por una terraza con pequeñas mesas que se encontraba bastante llena de personas. Era evidente la gran oportunidad que se había convertido este sitio para personas que necesitaban un espacio para expandir su conocimiento cultural. Se había logrado convertir en un medio propicio para el aprendizaje y el intercambio de información
relevante para el progreso académico de los visitantes del lugar.

Cuando llegó a la pequeña oficina de Luisa, Andrea llamó a su madre desde afuera para no entrar a estorbar. En un cuarto de unos seis metros cuadrados, se encontraban apeñuscados 3 escritorios, entre esos el de Luisa, y el aire que había en la oficina se sentía ya triple-mente respirado. Al verla, su madre se levantó y con un poco de dificultad llegó a la puerta. Desde allí, se despidieron las dos de Luisa y ella, desde su pequeño escritorio les gritó que adiós y que volvieran pronto.

De nuevo en el ascensor, Andrea y su madre se miraron y no tuvieron que hablar para entender qué sentían la necesidad de hacer. Al abrirse las puertas se bajaron y se dirigieron hacia la entrada a buscar al individuo. Lo encontraron recostado sobre la puerta, esperando a que alguien entrara para ponerle problema. Al verlas, se enderezó y abrió su boca como para empezar a decir algo pero en ese momento la madre de Andrea lo saludó y le preguntó, de una forma bastante amable, que si necesitaba ayuda en algo. Por un momento, el señor se hizo el fuerte y no respondió pero al ver las miradas inocentes de las dos mujeres, relajó sus hombros como rindiéndose ante su pregunta y dijo: -Qué pena mis señoras si fui grosero antes, lo que pasa es que tengo un problema personal. La mujer mayor lo miró y le preguntó: – ¿Algo en lo que lo podamos ayudar?. -No pierde nada diciéndonos, de pronto hay algo que podamos hacer- dijo la joven. -Lo que pasa es que no tengo nada para llevar a mi casa a mis niños hoy- respondió él. Ambas, asombradas de su honestidad y de lo fácil que se había abierto a ellas, recordaron que habían redimido hace poco un bono con puntos éxito para darle de regalo a un familiar. Sabían también que aquel hombre, que en su camisa decía Alberto, lo necesitaba mucho más así que se lo entregaron. Quizás algunas personas considerarían aquello un acto de ingenuidad pero con solo ver la mirada de aquel vigilante esa opinión no valía la pena. Y como dice el dicho “Lo que cuenta es la intención.”


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