Al salir, al
despedirse del portero, este no las miró de reojo como lo hizo
cuando entraron por primera vez al edificio. Esta vez, fue bastante
amable y su sonrisa de oreja a oreja demostraba cuán agradecido se
encontraba con ellas.
La mañana era fría
cuando se bajaron del bus aquel viernes. El ajetreo de la gente era
notable en el ambiente. Los pitos de los vehículos y la velocidad de
aquellas personas que caminaban por el Centro de la ciudad reflejaban
el frenesí constante en el cual viven todos hoy en día. Para llegar
a el edificio que les había descrito hace unos minutos el conductor
del bus era necesario atravesar la calle. Con la cantidad de carros
en ese momento era difícil hacerlo pero después de esperar unos
segundos la joven y su madre lograron llegar a su lugar de destino.
El Centro Colombo
Americano es uno de los espacios culturales más importantes de la
ciudad ya que allí se mezcla el aprendizaje de las lenguas
extranjeras con el arte, la literatura, la gastronomía y el buen
cine. La joven tenía como objetivo solo dar un pequeño recorrido
por el lugar ya que lastimosamente la programación del festival
Eurocine empezaba solo hasta las cuatro de la tarde. Cuando llegaron
al edificio la primera impresión que le dio este a la muchacha fue
de frialdad. A simple vista parecía un gran bloque de cemento con
unos cuantos detalles azules. El nombre del centro se mostraba
imponente en un nivel alto pero visible de la obra. Los carteles de
las películas que se mostraban le agregaban a este un poco de color
y daban la pista a quienes pasaban por ahí de que allí querían
darle a las personas un descanso de los afanes de la cotidianidad.
Al entrar al
edificio, un guarda alto, delgado, moreno y con aspecto de fatigado
las paró preguntándoles de una forma bastante tosca para dónde se
dirigían. La madre de la niña dio el nombre de su amiga a quien
iban a pasar a saludar y el guardia, aunque un poco reacio a hacerlo,
las dejó pasar. -¿Qué crees que le pasó?- le preguntó Andrea a
su madre mientras caminaban hacia el ascensor. - Ni idea, pero de
pronto ahorita podríamos hablar con él. Quién sabe que le podamos
ayudar en algo- respondió ella. -Tienes razón, -dijo Andrea- no
perdemos nada preguntándole, ojalá lo podamos ayudar.
Por estar pensando
en el guarda la joven no había logrado percibir el ambiente en el
que se encontraban. Al bajarse del elevador metálico se sintió de
repente rodeada de hambre, hambre de conocimiento, de cultura, de
saber. El aspecto gris y oscuro que se percibía desde afuera era
contradictorio al entorno que era observado adentro. Las paredes
cubiertas de fotos y de dibujos hechos por los estudiantes del centro
le daban un toque amable, de bienvenida, exponiendo de cierta forma
el color que agregaban sus estudiantes a sus paredes vacías.
Mientras Gloria, su
madre, saludaba a su amiga Luisa, Andrea recorría los corredores y
los espacios del Colombo intentando observar cada detalle del lugar.
Sus ojos veían pasar ante ellos corredores y espacios grises, unas
cuantas paredes pálidas, sin arte, que emitían la sensación que
emite una nevera al ser abierta en una noche fría. Pero después
llegaban personas de distintos aspectos que con sus sonrisas y ganas
de aprender devolvían la calidez al lugar. Aunque su sentido de la
vista estaba a la expectativa de una situación lo suficiente
interesante para poner en su escrito, su mente no dejaba de pensar en
el evidente cansancio de aquel hombre que les había abierto la
puerta hace unos minutos.
Andrea
se decidió a ir a buscar a su madre para hablar con el guarda y ese
momento la hizo recordar una frase de José Martí que decía:
“Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la
felicidad.”1 Ella se sintió bastante identificada ya
que no podría hacer su trabajo hasta lograr ayudar a ese hombre.
Mientras iba hacia la oficina de la amiga de su madre pasó por una
terraza con pequeñas mesas que se encontraba bastante llena de
personas. Era evidente la gran oportunidad que se había convertido
este sitio para personas que necesitaban un espacio para expandir su
conocimiento cultural. Se había logrado convertir en un medio
propicio para el aprendizaje y el intercambio de información
relevante para el
progreso académico de los visitantes del lugar.
Cuando llegó a la
pequeña oficina de Luisa, Andrea llamó a su madre desde afuera para
no entrar a estorbar. En un cuarto de unos seis metros cuadrados, se
encontraban apeñuscados 3 escritorios, entre esos el de Luisa, y el
aire que había en la oficina se sentía ya triple-mente respirado.
Al verla, su madre se levantó y con un poco de dificultad llegó a
la puerta. Desde allí, se despidieron las dos de Luisa y ella, desde
su pequeño escritorio les gritó que adiós y que volvieran pronto.
De nuevo en el
ascensor, Andrea y su madre se miraron y no tuvieron que hablar para
entender qué sentían la necesidad de hacer. Al abrirse las puertas
se bajaron y se dirigieron hacia la entrada a buscar al individuo. Lo
encontraron recostado sobre la puerta, esperando a que alguien
entrara para ponerle problema. Al verlas, se enderezó y abrió su
boca como para empezar a decir algo pero en ese momento la madre de
Andrea lo saludó y le preguntó, de una forma bastante amable, que
si necesitaba ayuda en algo. Por un momento, el señor se hizo el
fuerte y no respondió pero al ver las miradas inocentes de las dos
mujeres, relajó sus hombros como rindiéndose ante su pregunta y
dijo: -Qué pena mis señoras si fui grosero antes, lo que pasa es
que tengo un problema personal. La mujer mayor lo miró y le
preguntó: – ¿Algo en lo que lo podamos ayudar?. -No pierde nada
diciéndonos, de pronto hay algo que podamos hacer- dijo la joven.
-Lo que pasa es que no tengo nada para llevar a mi casa a mis niños
hoy- respondió él. Ambas, asombradas de su honestidad y de lo fácil
que se había abierto a ellas, recordaron que habían redimido hace
poco un bono con puntos éxito para darle de regalo a un familiar.
Sabían también que aquel hombre, que en su camisa decía Alberto,
lo necesitaba mucho más así que se lo entregaron. Quizás algunas
personas considerarían aquello un acto de ingenuidad pero con solo
ver la mirada de aquel vigilante esa opinión no valía la pena. Y
como dice el dicho “Lo que cuenta es la intención.”

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