Se dice que en la
variedad está el placer. Si este decir es cierto pues visitar el
centro de Medellín ciertamente es un placer. La variedad de colores,
arquitectura, personas, olores, sonidos y culturas es increíble.
Para mí ese es el verdadero encanto del Centro, su diversidad. Lo es
porque este lugar, además de conservar muchos de los edificios y
lugares principales de la ciudad de hace más de 50 años, alberga
todo tipo de personas en sus calles y esquinas. Aunque para algunos
puede ser impresionante, hay cientos de personas que llaman al Centro
y sus rincones su hogar.
Algunos ciudadanos
de Medellín o hasta unos cuantos turistas pueden ver el Centro
simplemente como un lugar peligroso donde no se puede hacer muy
evidente el estrato económico si es uno alto o ni siquiera sacar los
teléfonos celulares para hacer una llamada. A pesar de que este sí
ha sido caracterizado por sus aspectos negativos, hay una parte del
centro de la ciudad que va mucho más allá de aquella a la que
tantos le temen. Hay veces estamos tan nublados por las palabras que
han sido dichas sobre los lugares que no debemos visitar o temas que
no podemos mencionar que nos cerramos a la posibilidad de conocer un
mundo, aunque tan cerca, tan diferente al que se nos es mostrado
comúnmente. Muchos creen que la palabra “diferente” es un
sinónimo de negativo. Aquellos que tienen esta creencia no ven más
que sus monótonos mundos. El algo ser diferente es, al contrario,
una característica bastante positiva. Nuestro mundo está lleno de
diferentes realidades que deberían ser conocidas por todos.
Esto es lo que
principalmente alberga el Centro: historias. Y cuando lo recorremos
con el propósito de conocerlas aprendemos más de él de lo que
aprendemos de los medios cuando lo mencionan. En la boca de cada
persona siempre hay una historia por contar, solo hace falta hacer la
pregunta correcta para conocerla. Van desde ancianos que vienen de
otros municipios para ser mejor atendidos en sus hogares de ayuda
hasta hombres con delirio de periodistas y borrachos, no solo de
alcohol, sino de recuerdos de sus vidas antes del Centro. Esto fue lo
que nos dedicamos a hacer en el centro cuatro compañeros de la
carrera de Comunicación Social y yo en nuestra visita a este lugar:
escuchar lo que sus habitantes tenían por decir, ya que la mejor
forma de conocer un lugar es escuchando descripciones o relatos de
aquellos que más conocen él.
Definitivamente una
de las historias más impactantes fue la del señor Jesús Alfonso,
el cual había sido desplazado por la violencia de su pueblo natal,
San Luis. Él contaba que cuando llegó a la ciudad por primera vez
la única forma que encontró de ganar plata fue robando. Y
lentamente, al entrar a ese mundo de la ilegalidad, fue dejándose
llevar también por la droga. Nos relataba también su deterioro
lento como consecuencia de su estilo de vida. “Pero después llegó
este man y me sacó de eso”, llegó a decir una vez mientras miraba
a su compañero, don Antonio, quien había estado concentrado en
afinar su guitarra mientras su amigo narraba la historia. Este, al
ser mencionado, sonrió levemente como si se sintiera orgulloso de
lograr salvar a su camarada de la perdición a causa de la
drogadicción. Nos contó Jesús que Antonio Montoya, al verlo en un
estado deplorable, le dijo que se uniera a él en su proyecto
musical. El señor Montoya se dedicaba en ese momento a tocar
guitarra y cantar en los buses y cuando conoció a Jesús le dijo que
fueran compañeros. Desde ese momento hasta ahora, 7 años después,
aún tocan juntos por las calles del Centro y ocasionalmente en los
buses. El ver el poder que tiene la música y evidenciar la indudable
compasión y solidaridad que tienen aún algunas de las personas de
nuestro país fue lo que más me conmovió.
Por situaciones y
personas así es que vale la pena arriesgarse a salir de la burbuja
en la que muchos de nosotros crecimos y aún vivimos. Hay mucho por
descubrir, mucho por entender, mucho por conocer. Debemos correr el
riesgo de abrirnos a nuevos mundos y de apreciarlos a ellos y su
diversidad. Solo así lograremos llegar a ser seres humano íntegros,
no solo por lo que aprenderemos sino por las muchas oportunidades que
tendremos de crecer como profesionales y como personas al hacerlo.

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