sábado, 17 de marzo de 2012

Recuerdos de esperanza


"Quizás los recuerdos son lo único que me mantienen viva", pensé. "Tantos años de experiencias, tantas horas de estudio, para estar ahora encerrada en un lugar donde piensan que estoy loca". Y tal vez era cierto, esos recuerdos que antes sólo me hacían sonreír, hoy son la única razón por la cual quiero seguir viviendo, quiero preservarlos, no quiero que se vayan, quiero mantenerlos vivos así sea en mi memoria de anciana. El recuerdo que más me mantiene aquí, conservando la esperanza en la humanidad y en aquellos que alguna vez me quisieron, es el de Sarita.

Era una cálida mañana del año 2010, para la mayoría de los seres humanos esa mañana la recuerdan, si es que lo hacen, como otro domingo más en sus monótonas vidas. Para mí, en cambio, fue el día en el que me di cuenta de que la persona a la cual más admiré y por siempre admiraré es a mi nieta. Ese día tampoco fue común para ella pues era su cita en la peluquería y no como cualquiera, sino para cortar sus preciados 30 centímetros de pelo para regalárselo a un niño que, en sus palabras, "lo hará más feliz de lo que me hace a mí", niños víctimas del cáncer. 
 
Es este el recuerdo más hermoso que tengo, no sólo por el hecho de que una niña de quince años tuviese ese tipo de conciencia sino por lo que pasó luego. Para entender el recuerdo y su verdadero significado hay que ponerlo en contexto. Aproximadamente unas dos semanas antes de la cita, Sara había sido diagnosticada con cáncer de cerebro. El tumor estaba situado en un punto del cerebro donde extirparlo no era una posibilidad así que la única opción que tuvimos fue esperar. Pero ella, con su humildad y su ser transparente, decidió pedir la cita para su corte de pelo el mismo día que fue diagnosticada. 
 
El recuerdo, al ser contado, puede aparentemente verse como triste, puede parecer que al traerlo a mi memoria podría despertar en mí tristeza y nostalgia y tal vez lo hace un poco pero, más que eso, me llena de felicidad y de esperanza. Ese recuerdo me marcó y mi hizo querer ser alguien más grande, alguien que compartía, alguien que quería lograr un cambio en el mundo a pesar del tiempo que me quedara en él. Ella es, desde eso, mi modelo a seguir y el día de su entierro, unos pocos meses después del diagnóstico, vimos el resultado de su humildad: la niña que había recibido la peluca hizo presencia y nos agradeció a todos por su pelo, su pelo rubio y largo, su luz en medio de la oscuridad de su enfermedad.



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